El bosque



Y en esas estamos, intentando comprender los primeros balbuceos de una mente compleja en su intento de comprender el mundo. Dicho más coloquialmente, qué  demonios pasaba por la cabeza de esos hombres. (Lo de demonios no es gratuito, pronto lo verán).  El hecho es que esa clase de monumentos dejó de construirse en todo el mundo, y fueron abandonados, como si algo decisivo ocurriera en común a sus creadores. Puesto que estamos hablando de un periodo en que ya se están produciendo los grandes avances de la sociedad del Neolítico, ese algo tuvo que ser, en cada uno de esos escenarios, consecuencia de la  implantación de la agricultura, con el acarreo de sus propias ideas y fantasías. Desde luego,  no sabían que a las contingencias del bosque sucederían las graves perturbaciones del agro, sobre una sociedad en formación, y creo que sobre la propia mente humana.  Lo curioso es que el auge y la decadencia de esos escenarios tuvieron lugar  en toda la fachada atlántica europea y, aunque no al mismo tiempo,  en otros lugares más remotos,  como la península de Corea o la India, Egipto, México, Perú… Miles de monumentos de  consistencia ciclópea, como si se hubiera desatado una especie de fiebre de la piedra simbólica, cuyos significados seguimos queriendo desentrañar, a pesar del tiempo transcurrido. Y de tal factura que no sería extraño duren todavía  más que, por ejemplo,  las catedrales góticas. A estas, las primeras  ya les llevan varios milenios de ventaja, y su estado de conservación y protección actuales, como las de Antequera,  permiten pronosticarles  una larga pervivencia. Desde este punto de vista, la propia sofisticación de las catedrales las hace parecer menos resistentes que esos competidores, y de hecho ya han sufrido numerosos avatares físicos de todo tipo. Pero lejos de ser un mero problema arquitectónico, de materiales y de riesgos constructivos, la relación con sus respectivos planes simbólicos es lo que las diferencia en lo fundamental: a qué ideas sirven. Es obvio que la farragosa teología cristiana es mucho más elaborada que cualquier otra de parecido tenor –aunque esto es un tanto aventurado, lo reconozco-, lo cual no quiere decir que sea más consistente, sino lo contrario: cuanto más recargada es la construcción, y no digamos la decoración, más acusan el temor de fondo a que no se sostenga su ideología, aun contando con el deslumbramiento que las catedrales producen sobre la conciencia ingenua.   Es claro que los dólmenes se apoyan en conceptos más sólidos, cuando menos. Se dirá que esto se debe a la simplicidad arquitectónica de los monumentos megalíticos. Pero esto es, en mi opinión, una apreciación engañosa. Comparativamente, el esfuerzo constructivo que hizo falta para levantar esas que podríamos  denominar “catedrales del Neolítico”, con los medios tan precarios de entonces, es muy superior al que supuso el levantamiento de las otras, por más que un cierto misterio arquitectónico  acompañe a las dos. La comparación, ya ven,  no parece ociosa, pues en ambos casos se trata de edificaciones  con un fuerte contenido trascendental, del tipo que sea. La cuestión es averiguar de qué clase de símbolos estamos hablando, en uno y otro caso.      

 

Ya habrán advertido ustedes que todo lo que llevo dicho se debe a la lectura apasionante de libros y artículos que, a propósito del conjunto dolménico de Antequera, (1, La abundante bibliografía producida en relación con este conjunto arqueológico, y temáticas afines, está referenciada  en El Centro Solar Michael Hoskin (Junta de Andalucía. Consejería de Cultura 2011. De sumo interés es también Las grandes piedras de la Prehistoria. Sitios y paisajes megalíticos de Andalucía, editado por la misma institución en 2010) me han permitido conocer hitos científicos extraordinarios, realizados  por quienes estudian, con probada solvencia, esas construcciones de tiempos remotos. Ha sido entonces cuando la cavilación me ha conducido  a otras  manifestaciones señeras, en el devenir de la humanidad, con las que me siento más familiarizado, y  advertirme a mí mismo de que tal vez no había reparado en ellas suficientemente. Me refiero a los más antiguos cuentos de tradición oral, los la clase maravillosos. (La denominación de hadas es en España extranjeriza y tardía, por mucho que haya hecho fortuna. Hoy bien pueden considerarse como un subproducto del cuento maravilloso). Ya les adelanto que me propongo trazar, o esbozar al menos, una comparación entre los monumentos megalíticos –no solo los de Antequera- y esa clase especial de narraciones, que acompañan a la humanidad desde tiempos inmemoriales, y algunas de ellas presumiblemente desde el Neolítico Avanzado, o Bajo Neolítico.  Desde luego, se trata de dos fenómenos relativamente coincidentes en el tiempo; pero, aunque no lo fueran, expresan universos semánticos similares, que permiten relacionarlos de varias maneras. Lo haré principalmente a través de una aplicación del concepto de arquetipo, que es un elemento abstracto, como el fonema, con el que trabajamos los lingüistas, este último indispensable para comprender el mecanismo interno de los sonidos de una lengua.  (La concepción de arquetipo en Jung y su escuela, es de otra índole, aunque, más al fondo, puede que tenga cierta relación con el nuestro).

En el cuento, pienso el arquetipo como la estructura común a las versiones de un mismo relato, en aplicación del esquema semántico-formal descubierto por Vladimir Propp en 1928. (Luego nos detendremos en este autor clave).  Ello  me ha permitido restaurar,  o incluso reconstruir, cuentos perdidos, o desbaratados por un azaroso devenir. (2, Mi concepto de arquetipo lo desarrollo principalmente en Los cuentos populares o la tentativa de un texto infinito. Universidad de Murcia, 1989, pp 186-193).  En las construcciones megalíticas,  creo que el equivalente es la pauta, que decía Hoskin, o el canon, lo que las hace a todas reconocibles en su diversidad. Desde luego, entre los elementos implícitos de la comparación, hay en común sendas estructuras muy sólidas. Lo paradójico es que una se manifiesta en lo físico-material, y la otra en lo narrativo.  Más curioso aún es que,  en los megalitos, la composición externa, o física,  es  lo único que ahora se ve, y habremos de averiguar qué símbolos sostiene, o sostuvo,  mientras que en el cuento maravilloso sucede lo contrario: la estructura, que ha permitido  a esos cuentos llegar hasta nuestros días - bien que dificultosamente-, ha permanecido oculta,  hasta que en 1928 la puso al descubierto  el gran formalista ruso.  Para entonces, esos relatos ya habían desplegado una intensa proliferación de variantes, a lo largo del tiempo y en muchas zonas del mundo, alejadas entre sí, igual que sucedió con los  monumentos de  grandes piedras. Pero no nos adelantemos demasiado y contemos las cosas por sus pasos,  como en los cuentos, precisamente.

 

La primera vez que estuve en la entonces llamada “Cueva de Menga” -año 1.972, o 1.973, no lo recuerdo bien-, fue poco después de aquella peripecia náutica. Entonces era yo profesor adjunto en el Departamento de Literatura de la  Universidad de Sevilla,  por un tiempo casi tan breve como fue el de marino mercante. (3, El tiempo que necesitó el jefe de aquel clan tardofranquista, del que  dependía mi precario contrato, en llamarme a su despacho y decirme,  sin metáfora alguna, que no quería marxistas  en su departamento. Yo nunca he sido marxista, en el sentido político, aunque sí tomo de esa filosofía lo que me parce útil para comprender y mejorar el mundo. Pero a aquel profesor eso también le parecía inaceptable. Con las mismas, me despidió, justo cuando acababa de obtener mi grado de doctor, con sobresaliente cum laude, y acababa de publicar, en esa misma Universidad, un manual de literatura.  Pero dejemos esa parte de la historia para otro día). Lo relevante es que era una época de gran incertidumbre política, cuando mi mujer y yo, recién casados, hicimos aquella primera visita a estos parajes. Íbamos, o quizás volvíamos, de la Costa del Sol, y nos dio por meternos por los vericuetos de Antequera, al reclamo de unos indicadores del lugar, al que por fin llegamos, tras varios titubeos sobre el mapa. Menga apenas  se veía entonces, hasta que no estabas encima. De modo que casi nos dimos de bruces con el  misterio. Un hombre,  entre guarda y guía,  nos estuvo recitando un texto cansino, acerca del prodigio de aquellas piedras, su antigüedad, sus características… Aquella cantinela no invitaba precisamente a la reflexión, pero, aun así, creo que nos percatamos de estar tocando un fondo, no sabíamos cuál, pero un fondo.

Aún tenía yo en la memoria las clases de Historia Antigua, del profesor Juan de Mata Carriazo, en la Facultad de Sevilla, cuando nos hablaba de Adolf Schulten, de Tartessos, del recién descubierto “Tesoro del Carambolo”, que desató una euforia extraordinaria, en torno a algo así como una cultura fundacional de Andalucía, aunque ahora dicen que todo eso es fenicio, con Astarté, cómo no, antecesora de la muchedumbre de nuestras Vírgenes, que diría Blanco White. Así que Tartessos parece haberse esfumado del Carambolo. No es, pues, por la anécdota personal por lo que cuento todo esto, sino por que se vea cuánta volatilidad hay a veces en las más reputadas teorías académicas. No obstante, alguna incógnita fundamental debió quedárseme prendida, que aún me parece válida. Lo esencial, creía yo, y sigo creyendo, era acercarse lo más posible a los primeros balbuceos del pensamiento humano, un poco como si quisiéramos saber cómo surge el pensamiento en los niños. (Más adelante verán que esta comparación tampoco es ociosa). Lo demás podría discutirse. Pero al menos en esta parte del globo, teníamos a mano elementos con los que acercarnos a esos orígenes. Cuando vi el dolmen de Menga, fue como una intuición de tal cosa, aparte de sentir una emoción indescriptible.

 Entre las controversias que surgen acerca de todos los fenómenos culturales de sorprendentes parecidos, por muy lejos que estén unos de otros, se repite el debate de las premisas: si lo que sucede es que la humanidad evolucionó en paralelo, o si fue de distintas maneras, luego tal vez convergentes. No hay forma de ponerse de acuerdo, ya lo sé. La pregunta pertinente aquí es si la cultura del bajo Neolítico -en tránsito al Calcolítico-, en la que se inscriben los dólmenes de Antequera, ya albergaba relatos simbólicos. Raro sería que no, pues la humanidad echó a andar en todas partes contando cuentos. Lo difícil es saber cuáles eran, en épocas tan remotas, que no han dejado el más leve signo de escritura. Además del símil estructural, que ya he expuesto,  ¿compartirán algún sentido esas piedras milenarias con  las historias más arcaicas? La hipótesis que ahora formulo es que los cuentos maravillosos pueden aportar algo del contexto que les falta a esas maravillosas piedras.

Sé que es un terreno pantanoso, y que conviene tomar precauciones. Por ejemplo, no cediendo a la inclinación psicológica más inmediata, algo así como “la tentación mística”: atribuir el silencio de estas piedras a la actitud contemplativa de unos improbables sacerdotes del tiempo, el deseo de eternidad y todo eso. No quita para que entre esos antiguos pobladores se pensara haber alcanzado alguna forma de verdad absoluta, desde luego relacionada con la muerte, que es la única -según parece- absoluta verdad. Por ahí debe de andar lo que se nos escapa.   

Es mejor seguir los caminos más practicables de la ciencia, en este caso la antropología, o la paleoantropología y, más recientemente, la arqueoastronomía, una disciplina admirable, sobre todo desde que Michael Hoskin la puso al servicio de los dólmenes. (¿Saben ustedes, por ejemplo, que hace seis mil años, desde Menorca, y probablemente desde Antequera, se veía la Cruz del Sur? No dejo de pensar en esto desde que me enteré, y creo que son mis entrañas de marino en tierra las que se remueven. Mi experiencia más próxima fue ver la cola de Escorpio recostada en el horizonte, cuando cruzaba el Ecuador. Me parece que de eso tampoco me he recuperado por completo). Bueno, a lo que íbamos: primero, cultura material y  contexto histórico-social; después, vida simbólica.

Ya sabemos que quienes vivieron  aquí hace esa friolera de años (tartesios, turdetanos o vaya usted a saber) acababan, como quien dice, de abandonar el bosque. (Atención a esta palabra). Se habían asentado en una tierra llana y feraz,  y dieron curso a una nueva forma de vivir, de vestir y de alimentarse, con ciertas garantías,  gracias todo ello a una abundante producción agro-ganadera y a lo que venimos denominando “los excedentes agrícolas”, que permitían ocupar el tiempo de ocio en empresas colectivas no productivas.  Lejos quedaba ya el azaroso mundo del bosque. (Seguramente no imaginaban que a las contingencias naturales de la vida nómada sucederían las tribulaciones de la agricultura -Las cosas del campo, que diría Muñoz Rojas-. (De haberlo sabido, tal vez no se hubieran metido en el embrollo de la propiedad hereditaria de la tierra y todo lo que eso traería consigo). En resumidas cuentas, casi estaban inaugurando la Historia Occidental, o por lo menos la del “homo agris”, en estas latitudes. Por suerte para ellos, les quedaban muy lejos ciertos filósofos del asunto, de esos que hoy se jactan de que ¡la Historia ha terminado! (Es decir, que  ya solo estamos  a merced de los dioses del dinero).    

En cuanto al contexto, conviene recordar que el megalitismo se dio en otras muchas partes del mundo, centenares de monumentos, algunos incluso del mismo tiempo que las pirámides de Egipto, pero con una diferencia fundamental: estas últimas sin duda pertenecen a una tecnología más avanzada, y a una visión del mundo más jerarquizada, con reyes divinos y castas sacerdotales. No quiere esto decir que supusiera un avance del pensamiento humano; más bien creo que fue lo contrario: fue una notable regresión. (Pero volveremos a la cuestión egipcia más adelante). Ahora la pregunta es: ¿a qué otra visión del mundo pudo corresponder el despliegue de los dólmenes? No hay más camino que intentar averiguar qué podían pensar sus autores, como reflejo de sus formas de vida.   

Volvamos ahora al mundo, y trasmundo, de los cuentos de tradición oral. Y, dentro de ellos, a los de esa clase especial, los maravillosos. Confieso que siempre me ha seducido  la teoría,  procedente de algunas  conclusiones de los hermanos Grimm, de que tales relatos, en sus formas más antiguas, vienen de la prehistoria indoeuropea, o al menos se desarrollan en paralelo con lo que podríamos denominar primeras sociedades complejas; esto es, sin pasar por escritura alguna, y en todo caso siguiendo un cauce paralelo a la escritura: el de la oralidad, el de las noches de invierno junto al fuego. No deja de ser una inferencia, o implicación lógica entre abstracciones, pues ni que decir tiene que no hay documentos, ni inscripciones, ni cosa parecida que acrediten tamaña antigüedad. Por no haber, no hay ni restos humanos, la mayoría de las veces, con los que poder relacionar épocas y formas de vida.  Pero sí hay elementos que surgen de la comparación entre universos relativamente coetáneos, el de esos cuentos y el de las fases primeras de la agricultura (más la ganadería, la cerámica, etcétera), ya sea en el área del indoeuropeo, o incluso más atrás, o en el entorno del Mediterráneo oriental. De todo eso hace entre cinco mil y siete mil años.  Desde luego, lo que se detecta en la interpretación de algunos símbolos del cuento maravilloso, en las formas más antiguas a las que podemos llegar, está muy cerca de lo que debió pensar la gente en ese arranque complicado de la sociedad agraria, y por ende de la sociedad dividida, que en aspectos esenciales llega hasta nosotros: la propiedad hereditaria de la tierra, la formación de la familia nuclear, las ideas  en torno a la ultratumba, entre otros. Indicios que se verán reforzados por el hecho llamativo de que muchos de esos cuentos primordiales, como a veces se les llama, están diseminados por una amplia zona del planeta, con especial concentración en el área de lo que fuera aquella cultura indoeuropea, y que a veces se mezclaron, o se retroalimentaron, con los cuentos orientales preislámicos. Un atareado proceso, de muy difícil seguimiento, que cualquiera que haya leído Las mil y una noches y sepa algo de cuentos de tradición oral podrá intuir, sin temor a equivocarse demasiado. Eso sí, los comparatistas pronto se entregaron a seguir con fruición los derroteros, reales o presuntos, de esas interacciones. Y de ahí que la mitología comparada sea una de las ciencias más deslumbrantes, como a veces también de las más inverosímiles. No digamos la de las religiones comparadas. 

  Sobre una extensión todavía más amplia existen otras evidencias, aún más desconcertantes, que nos permiten ampliar de manera considerable esas dos áreas sugeridas, Indoeuropa y Oriente próximo, por simplificar. Les cito un par de ellas: la paleoantropología recoge el uso de flautas hechas con tibias humanas, halladas en muchas partes del mundo, incluso en yacimientos del África subsahariana. (Los romanos llamaban tibias a una clase de esos instrumentos). Pues bien, en un cuento popular español -por cierto, una versión masculina de Cenicienta, esto es, un “Ceniciento”-, la viejecilla donante del objeto mágico le entrega al niño abandonado por su madrastra un instrumento musical, diciéndole: “Te voy a dar esta flauta de hueso, que la hice con una canilla de tu pobre madre”. (4, La flauta que hacía a todos bailar”, en Cuentos al amor de la lumbre, cuento núm. 25). Y en el tenebroso cuento de La asaúra del muerto se mantiene un resto de canibalismo ritual -este muy extendido en todo el mundo-, en versiones que todavía recogen los folcloristas españoles (tengo varias en mi fonoteca), cuyo sentido fue establecer la frontera que separa este mundo del otro,  dando  comienzo el culto a los antepasados, precisamente al prohibir esa costumbre.  Ya ven a qué clase de abismos  nos estamos asomando. (5, Ib. Núm. 94, bajo el título “¡Ay, mamaíta, quién será!” Más sobre este cuento en nota 18). (Más adelante volveremos a hablar de este otro cuento fundamental). 

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Videoteca
Entrevista en el programa `Saca la lengua´
Emitido el 19 de Noviembre de 2011 en la 2 de RTVE
Una breve visión de la biblioteca
El programa `El público lee´ de Canal Sur TV entrevista a A. R. Almodóvar a propósito de su biblioteca (25-09-2011)
La memoria de los cuentos
A. R. Almodóvar es el guionista de este documental emitido por TVE2 en el programa `Imprescindibles´ (18-03-2011)
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