Sabios y tumbas, sin dioses

Aún hemos de fijarnos en otro elemento de gran significación: la presencia del Demonio, denominación tardía de lo que fue un genio del subsuelo, presente en muchas culturas, incluido Plutón, y en la tradición hispánica un gigante -tal  vez como el que duerme en la Peña de los Enamorados, según le parecía a Hoskin-; esto es, el señor de las profundidades, del mundo inferior, en competencia con el héroe, sin que todavía aparezcan los dioses de arriba. (Soy incapaz de no especular un poco con el enigmático pozo de Menga, algo verdaderamente peculiar, que refuerza el carácter único de este dolmen, según me explicó Bartolomé Ruiz, feliz redescubridor de este elemento). Añadiremos, pues, otro factor comparativo, al hilo de estas últimas reflexiones: la no constatación de divinidades antropomórficas en los estudios de esa época, salvo que se quieran considerar como tales algunos ídolos o grabados esquemáticos, estelados, soliformes, luniformes…, con pocos aditamentos en todo caso, es decir, de una gran sencillez, que no hay que identificar forzosamente con simplicidad.  Desde luego, el precioso ídolo que puede verse en el centro de recepción del Conjunto Arqueológico es claramente sexual, con doble representación, en la misma figura: la del seno materno y la del glande. Nada de dioses superiores.

Convendrá aquí extenderse un poco acerca de esta cualidad sorprendente del cuento maravilloso, y del mundo representado por las escasas representaciones icónicas del entorno de los dólmenes (principalmente en cuevas próximas). En ninguna de ellas asoma un culto a seres superiores a la condición humana. Seguramente porque el único culto existente era el de los antepasados. Ahora creo es el momento de traer a colación la diferencia de este mundo conceptual con el más elaborado del Antiguo Egipto, pues con ayuda del contraste tal vez intuyamos un poco mejor de qué estamos hablando. Ya dijimos que no forzosamente la superioridad técnica de las pirámides responde a un mayor grado de evolución en el orden de las ideas, y, en consecuencia, tampoco en cuanto a las creencias que determinan el poder. A poco que repasemos lo que los faraones y sus sacerdotes creían en torno al ultramundo -y se empeñaban en hacer creer a sus súbditos-, lo que verdaderamente nos encontramos es un sistema ideológico regresivo -y represivo-, con respecto a la trayectoria que se desprende de la cultura neolítica avanzada, y desde luego de los cuentos maravillosos. La individuación de la inmortalidad es allí patrimonio de la clase gobernante, y las tumbas son también individuales, pues la trascendencia que importa es la del faraón. Todas las demás serán de acompañamiento, para continuar al servicio del rey-dios al otro mundo.  Por lo demás, la existencia de una sociedad dividida, estratificada, habla a las claras de un principio de autoridad regido por la figura de ese rey divinizado, y por la religión oficial que lo justifica, pletórica de dioses polimórficos, se diría una para cada capricho de las clases dominantes; en realidad, para construir una estructura simbólica compleja, tan compleja como falta de sustentación. La autorización del incesto en las capas superiores es un índice regresivo de mucha potencia, pues la prohibición de esa práctica ya está prácticamente extendida en todo el mundo, y desde luego no consta en las clases sometidas egipcias.

Creo que es este también el momento de discutir esa especie de principio general que defienden algunos teóricos de las religiones, del tipo “el hombre siempre ha creído en la divinidad”, o formulaciones parecidas. Claro está que dependerá de lo que entendamos por divinidad. En el asunto que nos ocupa ya vemos que es el culto a los antepasados. Pero si fuera ese dios del inframundo, común a muchas religiones (el Diablo en sus diferentes formas) lo relevante es la idea que se proyecta, la de un ser destructivo de las capacidades del hombre. Cuando Juan el Oso ya ha combatido a todos sus adversarios, la posibilidad de perecer solo y abandonado en el fondo del pozo es el momento más crítico del mensaje. La posesión del objeto mágico, la oreja del duende, es la recompensa inesperada que introduce el cuento maravilloso. Pero no la entrega un dios, sino un ser mediador (en los cuentos españoles muchas veces una simple viejecita). Pero ¿mediador de qué? Esta es la gran pregunta que gravita sobre este clase de relatos, y a ella trataremos de responder en otro momento. Ahora volvamos al discurso de la supuesta divinidad universal. Aun si se tratara de un dios celestial (distinto del Sol, la Luna o alguna estrella), lo importante es saber si de él se desprende un poder material, o no. Lo que es seguro es que, en las religiones históricas, sí ha servido, regularmente, para conferir superioridad a los que administran el culto y las relaciones con el Más Allá.    

 Por otro lado, conviene recordar que el último de los dólmenes de Antequera, en realidad un tholos, el de El Romeral, se viene fechando en torno al 2.500 a. C., y las más antiguas pirámides se remontan al 2.700 a. C. En tiempo cronológico son construcciones prácticamente coetáneas (y las mastabas anteriores, del todo lo son con los dólmenes). Sin embargo, la sociedad y la tecnología constructiva son mucho más complejas en la egipcia. ¿Podemos decir lo mismo del pensamiento simbólico? Yo creo que no, salvo que nos dejemos llevar por la corriente de exaltación de la “gran cultura egipcia”, que heredamos de los franceses, y han cultivado después británicos, alemanes, norteamericanos… hasta una nueva mitificación, esta vez de carácter academicista.            

  Vayamos ahora a la orientación geográfica de los dólmenes, que ha producido grandes controversias, y está también relacionada con el discurso de la divinidad. La orientación del dolmen de Menga, considerado el más singular de los tres, ni siquiera apunta a un cuerpo celeste, más o menos deificado, como el Sol, la Luna o alguna estrella.  De los tres monumentos, solo el de Viera está orientado inequívocamente al orto equinoccial, para que una vez al año –según varias interpretaciones- el calor del sol llegue hasta el fondo de la cripta y ayude a resucitar a los allí enterrados.  Menga está mirando a un hito natural, la Peña de los Enamorados, lo cual, aunque parezca que complica las cosas, va en línea con lo que estamos sugiriendo: que aún no hay divinidades claras. O bien, que el Diablo sí existía, pero los dioses superiores todavía no. Sí, en cambio, los jefes, en tanto que líderes sociales, como nuestro Juan el Oso, que no sería sino un héroe transicional –del bosque a la agricultura-, pero también en el sentido de que llevaba consigo un intuido origen animal de la especie, por fin superado y ascendido a la plena y definitiva condición humana. Esto es, en mi opinión, lo más importante del mensaje de este cuento tan remoto, y de la sociedad que lo difundió: que el ser humano, en su propia evolución desde el estadio animal, se justifica por sí mismo. Quizás fue el momento de más pleno humanismo en  la evolución de la especie. Un humanismo primordial, anterior a la creencia en divinidades superiores.

Bien mirado, se trata de un mensaje común a los cuentos de esa clase, los maravillosos.  En “El príncipe encantado” veremos a un lagarto metamorfosearse en hombre; en Blancaflor, la propia heroína renuncia a la condición mixta de “hija del Diablo”, para abrazar la solamente humana, por amor a un príncipe. En general, puede decirse que en esos auténticos cuentos populares lo más diferente de lo humano es el gigante, y/o el demonio. En cualquiera de sus formas, uno y otro aparecen mucho antes de que ninguna religión intentase regular las relaciones llamadas sobrenaturales, las que el mismo ser humano iría fabricando después, hasta nuestros días. En Juan el Oso, el regulador ya está representado por la figura del  rey, como en casi todos los cuentos de esa índole, padre de la princesa secuestrada. (No se inquieten los feministas: también habrá reinas-madres de príncipes secuestrados, y hasta bellos durmientes).

En realidad, lo que representa rey es un concepto esencial para el nuevo sistema de fundamentación agrícola: propietario viejo que tiene problemas para legar sus bienes a hijos legítimos. En oposición vendrá después el campesino pobre, cargado de hijos, a los que no puede alimentar. Allí, en el rey, un anciano que habría acumulado tierras para nada,  ya se palpa una grave contradicción entre los valores sociales que se van  implantando, derivados de la agricultura. Pues bien, recuerden que en Juan el Oso la princesa confiesa a su salvador que ella se encuentra allí porque “un día me atreví a tocar un manzano que había en el jardín del palacio y al que mi padre me tenía prohibido acercarme”. (19, En Cuentos al amor de la lumbre, núm. 4). Ya ven, un mito tan común a diversas religiones ya se contaba  antes de que los dioses se metieran en nuestros asuntos. Desde luego, mi informante de Carmona de 1978 no podía haberlo leído en ninguna parte, sencillamente porque no sabía leer.  

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Videoteca
Entrevista en el programa `Saca la lengua´
Emitido el 19 de Noviembre de 2011 en la 2 de RTVE
Una breve visión de la biblioteca
El programa `El público lee´ de Canal Sur TV entrevista a A. R. Almodóvar a propósito de su biblioteca (25-09-2011)
La memoria de los cuentos
A. R. Almodóvar es el guionista de este documental emitido por TVE2 en el programa `Imprescindibles´ (18-03-2011)
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