OCURRIÓ HACE CUARENTA AÑOS


Conviene tener muy en cuenta  el contexto histórico-social en el que se celebraron las primeras elecciones municipales, las de 1979. Precisamente de otras anteriores,  las de 1931, había surgido la Segunda República Española. En las generales de febrero de 1936 ganó una coalición de partidos de  izquierda, denominada Frente Popular. Ninguna de esas dos victorias fue  aceptada  por la derecha española –ni en algunos sectores recalcitrantes lo ha sido todavía-. En connivencia con caciques y con la Iglesia Católica, esa derecha estuvo conspirando contra la República desde el principio,  desprestigiando su labor y cuestionando la democracia misma, hasta conseguir que se levantara  en armas una parte considerable del ejército, en  el llamado Alzamiento,  aquel triste 18 de julio de 1936. Primero, con un fallido golpe de Estado, a continuación  provocando una guerra despiadada.

Con esos antecedentes, todas las miradas estaban pendientes de las primeras elecciones municipales que se iban a celebrar, después de cuarenta años de dictadura. El PSOE me pidió entonces que fuera candidato a la alcaldía de Sevilla. Desde  1977 yo era miembro de la ejecutiva provincial, y como tal había configurado  bastantes candidaturas de pueblos de la provincia, a esas mismas elecciones. Pero en modo alguno me esperaba este giro de los acontecimientos, ni yo moví un dedo para semejante designación. Ni que decir tiene que me sentí, además de honrado, abrumado por la envergadura del desafío.  Obviamente, el ofrecimiento que me hacían estaba teñido de una cierta provisionalidad, y yo mismo pensé que aquello no tenía visos de prosperar, en una ciudad tan derechona como Sevilla. Con todo, me hice muy severas reflexiones, con la ayuda de mi mujer, puesto que, obviamente también,  encaraba un reto  que podía cambiar por completo nuestras vidas, encauzándola por el camino siempre pedregoso de la política, sobre todo en primera línea, y condicionar mis aspiraciones académicas y literarias. Pero al final, agradecí y acepté. Lo primero que hice, naturalmente, fue ponerme a estudiar, con verdadera dedicación, qué era entonces el poder local, el que tanta trascendencia había tenido en la historia dramática de la República.

Sorprendentemente, a punto estuve de ser alcalde de Sevilla. Obtuve el segundo mayor número de votos (60.116), detrás del candidato de la UCD (65.725), la nueva coalición de derecha.  Con arreglo a un acuerdo firmado a nivel nacional, entre el  PSOE y el PCE (Partido Comunista de España), ambas formaciones apoyarían, en cada lugar,  al candidato más votado de las dos. (El PCE obtuvo en Sevilla 44.704 votos).  Con arreglo a eso, yo hubiera podido ser alcalde; pero aún faltaban los votos de un tercero en discordia, el PSA, Partido Socialista de Andalucía -en realidad  nacionalista moderado, hoy casi desaparecido-,  que obtuvo  56.957, montado en una ola de populismo localista, como suele ocurrir en este tipo de formaciones. (Cuando repaso estas líneas, aún no se ha resuelto el peliagudo problema de Cataluña. Algo sé yo de fenómenos extraños de esa índole). Ese partido,  de nueva creación  -y de financiación incógnita- exigió la alcaldía de Sevilla, para su propio candidato, Luis Uruñuela, que había quedado tercero en votos populares. A cambio, ofrecía  la alcaldía de Granada, donde ellos  habían conseguido más votos que el PSOE.  El hecho es que, tras unas jornadas de negociaciones muy tensas –en las que yo  no participé- el PSOE aceptó el intercambio: la alcaldía de Sevilla, por la de Granada. Constaba a los socialistas la intención alternativa de los nacionalistas de  pactar con la derecha –cosa que en España ha ocurrido siempre-, pues sus votos también sumaban para dar u obtener la alcaldía clave. Además, para los socialistas suponía el apoyo de  dos formaciones, comunistas y andalucistas, con las que acceder a otras importantes alcaldías andaluzas, como fueron las de  Almería, Jaén, Cádiz y Huelva, y bastantes pueblos. Fue así como se formó el poder del PSOE en Andalucía, por mucho tiempo, y cómo el candidato andalucista  se encontró, de la noche a la mañana,  siendo alcalde de Sevilla. A punto estuve  entonces de volverme a casa, que hubiera sido lo más sano, en lo personal, aunque no lo más consecuente, en lo político. La democracia era así.

En aquella negociación, los concejales socialistas retuvimos las áreas más importantes: Hacienda, Policía Municipal, Personal, Obras Públicas, Educación, Limpieza., entre otras. (Urbanismo quedó en manos de una comisión de concejales arquitectos, de los tres partidos del pacto, aunque formalmente se lo quedó el grupo comunista). Yo accedí a la primera tenencia de alcaldía, en ese gobierno tripartito de izquierdas. (Entonces los andalucistas también se consideraban de tal  signo político). Ese gobierno funcionó razonablemente bien, teniendo en cuenta que nos encontramos con las arcas vacías, y un acusado  ambiente de hostilidad, desde los baluartes de la derecha clásica.  El Ayuntamiento acumulaba una deuda de 5.800 millones de pesetas, el Estado pagaba tarde y mal sus obligadas aportaciones, la mayoría de los ciudadanos se habían acostumbrado a no pagar impuestos ni tasas municipales, como el de circulación, el agua, la basura, y otros.  Con eso, más  una larga inercia de la dictadura en la administración, la propia y la de otras instituciones, tuvimos que lidiar, a pecho descubierto. En esa inercia, hubo periodistas, avezados en lides municipales durante la dictadura, que pretendieron seguir cobrando una retribución, bajo cuerda, del ayuntamiento democrático. Yo me opuse tajantemente. Eso se añade a la actuación de la prensa conservadora, que no nos dio ni un minuto de resuello y que  estuvo los cuatro años tratando de desprestigiar a la nueva corporación, como si la izquierda no estuviera capacitada para gobernar, y  con veladas acusaciones de   ser una nueva versión del Frente Popular de 1936.  Quien conozca algo Sevilla sabe del peligro que esto encierra. La misma noche de las elecciones, la del 3 al 4 de abril de 1979, el Capitán General de la Región ordenó el acuartelamiento de una unidad de  vehículos acorazados,  por si se producían desórdenes. Y en el intento de golpe de Estado del  23 de febrero de 1981, la misma guarnición estuvo preparada, aunque no llegó a salir de los cuarteles, como sí lo hizo su equivalente en Valencia. A mí esta última intentona me pilló en mi despacho del Ayuntamiento, y oí por la radio lo que estaba ocurriendo en la Carrera de San Jerónimo. Como una hora después, me llamaron  del partido y me dijeron que tenía que esconderme inmediatamente. ¿Por qué? “Porque los fusilables os tenéis que quitar de en medio, antes de que os quiten”. Prefiero que calculen ustedes lo que aquella palabreja significó para mí, y para mi mujer. Había vuelto el miedo, el gran miedo.

Fácilmente se comprende que, en tales condiciones, el trabajo de poner en marcha un ayuntamiento democrático fue extraordinariamente difícil. Pues incluso así, saneamos la hacienda municipal, a base de concienciar a los ciudadanos de que había que pagar impuestos y tasas, con los que sostener  la joven democracia, y con un préstamo, en  buenas condiciones, de un consorcio de los más importantes bancos de la ciudad. Derogamos el urbanismo especulativo –que ya había destruido innumerables edificios históricos-; sentamos las bases del nuevo Plan de Ordenación Urbana, donde, entre otras determinaciones,  se incluía una apuesta decidida por el Metro –que la siguiente corporación suprimió y hubo que recuperar más tarde.  (Hoy es un medio de transporte excelente y muy popular). Reorganizamos todos los servicios públicos, creamos numerosos planes de actuación de carácter social y educativo –El PMAE, Plan Municipal de Acción Educativa- que yo mismo asumí, llevado de mis convicciones sobre el poder de la educación, en el marco de una democracia a consolidar,  y que, por cierto,  nos copiaron en  ayuntamientos de toda España-. Yo personalmente  hice la gestión de los solares necesarios para 12 colegios nuevos, la mayoría en barrios marginados,  en una ciudad minada por la especulación. Gracias a eso,  acabamos con una lacra de la que ya nadie se acuerda,  los desdobles: niños que solo recibían atención escolar por la mañana, y otros que solo lo hacían por la tarde, en unos mismos centros. Paradójicamente, en otras zonas de la ciudad, particularmente desfavorecidas (sobre todo en el Polígono Sur) ocurría lo contrario: sobraban plazas escolares, pero los niños no acudían a clase. La desmotivación era tan fuerte, que recurrimos a un procedimiento infalible: poner comedores en los centros. Añadimos clases de alfabetización de adultos, cosa que no se hacía desde  la República; dimos asistencia a hijos de madres trabajadoras, en horario no lectivo -otra medida precursora de la actual  aula matinal--,  colonias de verano para niños  que no habían visto nunca el mar, y así otros programas  como “La ciudad para los niños”, “Escuelas de la Naturaleza”, todos en conexión con los movimientos de renovación pedagógica que ya surgían por doquier. También creamos el primer billete gratuito para jubilados en los transportes públicos, a propuesta del grupo socialista, precisamente  un día que me correspondió  presidir el Pleno. (Luego otros alcaldes han querido atribuirse esa iniciativa, y algún que otro la suprimió). También me di el gusto de quitar  todos los nombres franquistas  de los colegios sevillanos. (Alguno se me escapó, pero se corrigió después, con Sánchez Monteseirín en la alcaldía (1999-2011). Aprovecho para decir que este ha sido, en mi opinión, el mejor alcalde de la democracia en Sevilla). Democratizamos la Feria de Abril, con la introducción de diez grandes casetas de entrada libre, por distritos. (Los distritos municipales también fueron creados por la primera Corporación, como forma de descentralizar la gestión política y administrativa).  Acabamos con una mafia de distribución de las parcelas de casetas y, muy principalmente,  las del  parque de atracciones, los populares cacharritos, o calle del infierno,  de Sevilla, gracias a una gestión delicada y eficiente de la policía municipal. Oponiéndose a estas reformas, el primer año de la feria que organizamos, la de 1980,  los dueños de esos cacharritos se negaron a participar, y otro tanto hicieron los señoritos de a caballo, que pretextaron la aparición de una misteriosa enfermedad equina, para no hacer su tradicional paseo.  Pero la feria se celebró, se siguió reorganizando y mejoró sustancialmente con los años, hasta hoy.  A propuesta del grupo andalucista, se creó la Bienal de Flamenco, con la que estuvimos de acuerdo desde el primer momento,  y que yo apoyé en cuanto pude,  y muy complacido, por  mi inclinación a favorecer  toda  cultura de raíz, y en particular  la que expresan los gitanos, por las razones  que ya conocen.

Un factor que sirvió, paradójicamente, para aglutinar a aquella corporación novicia fue la sequía de 1980. Por si no tuviéramos bastantes dificultades para poner en marcha una maquinaria oxidada y fraudulenta, la propia naturaleza nos endosó esta otra. Gracias a costosas y atrevidas medidas (los sevillanos llegamos a beber agua del río, cosa que muy pocos saben), se superó también esa enemiga, con todos los concejales hechos una piña alrededor del problema. En realidad, no hubo más que dos discrepancias importantes en el seno de aquel  tripartito: el primero, los centros de planificación familiar, pioneros también en España,  que solo defendimos  socialistas y comunistas –la propuesta fue de estos últimos-, y sobre el cual  la caverna disparó con toda su artillería, acusándonos de estar practicando abortos clandestinos. Segundo,   el proyecto urbanístico denominado “Polígono Aeropuerto” (hoy “Sevilla Este”), con el que los andalucistas se mostraron contemporizadores. No era sino  un gigantesco  plan  especulativo, auspiciado por la derecha tradicional de Sevilla, incluidos varios terratenientes de mucho mando oculto. Ahí tuve un fuerte  encontronazo, con los llamados “poderes fácticos” de esta peligrosa ciudad. Incluso hubo un intento, en la sede madrileña del partido,  de asegurarse los votos de los concejales socialistas que aquel magno disparate necesitaba para salir adelante, con mi modesta persona en el centro de la diana. No lo consiguieron.

Todo aquello se lo encontró hecho la siguiente corporación, la de 1983-87.

Poco antes de la culminación de los  cuatro años vertiginosos, y de verdadero infierno, el PSOE decidió  cambiar su candidato a la alcaldía,  para las siguientes elecciones municipales, las de 1983.   A mí solo me lo comunicaron, y  por teléfono. La verdad es que yo sentí un cierto alivio, a qué negarlo.  Pero las formas no acompañaron. No hubo consulta a las bases, a las agrupaciones locales,  ni se debatió en ningún órgano ejecutivo provincial o regional,  como era preceptivo.  Pregunté si había algún tipo de explicación, por decirlo de manera amable,  y sugerí que yo mismo tal vez pudiera participar en una mesa de análisis y de debate, no fuera a ser que alguien estuviera tomando decisiones por mí.  Nadie me respondió. Al poco -siempre por teléfono, y no siempre la misma persona-, me ofrecieron, primero, ir al Senado, luego al Congreso de los Diputados,  en un holgado puesto de salida, para las inminentes elecciones generales, las  de 1982,  las que el partido ganó por amplia mayoría en toda España. (Algo tuvimos que ver en eso, supongo, los primeros concejales socialistas de la democracia). No es que en el partido no valorase mi trabajo o mi capacidad de gestión, pues también me dieron a elegir entre los siguientes productos de temporada –perdonen la frivolidad-: la agregaduría de Educación en la Embajada de Londres, el Colegio Español de la Lisboa, y finalmente  la Delegación del Gobierno en Ceuta y Melilla o el Gobierno Civil de Granada, (Observen que el común denominador de todas esas propuestas, in crescendo,  era sacarme de Sevilla). A todo dije que no.

Claro que yo sabía muy  bien lo que estaba pasando. El sector guerrista del partido ya se estaba haciendo con el control de la organización, en toda España,  y necesitaba tomar la plaza fuerte de Sevilla, a modo de demostración,   propugnando un alcalde de sus propias filas. Y eso fue lo que hizo. No crean que exagero; fue tal el poder de esa corriente –y el temor que sentimos muchos socialistas  a una nueva escisión  en la cumbre, como cuando la República, de nefastas consecuencias para el país- que años más tarde, en el 89, cuando Carmen Romero  -mi amiga- quiso presentarse candidata al Congreso de los Diputados, tuvo que hacerlo por Cádiz. En  Sevilla, su ciudad natal, no había sitio para ella. Y era la esposa del presidente. Evidentemente, el control interno del partido había cambiado de manos ya en 1983. Cuando Felipe González quiso recuperarlo, ya era tarde.  Tuvieron que ocurrir otras muchas cosas, que si acaso les contaré otro día.

Yo hice entonces lo más fácil: seguir  el dictado de mi  propia estima.  No  descarto que mi subconsciente, o lo que sea,  no me estuviera trabajando para que todo concluyera de ese modo, pues ciertamente la experiencia municipal me había supuesto un serio desgaste personal y me había dejado anímicamente exhausto. También sentía la urgencia de volver a la mesa de trabajo, a coger  mi grabadora y seguir buscando cuentos, por esos pueblos y aldeas, donde la tradición oral aún latía con cierta consistencia. Así que,  a mi casa, a mi cátedra de instituto, y al taller literario.  Al día de hoy, a punto estoy de cerrar la colección de La media lunita, con 70 títulos. Y por medio, ensayos, novelas, poemarios…, un sinfín de columnas y artículos en el diario El País, y qué sé yo cuántas cosas más, que nada tienen que ver con la política, salvo el compromiso con la cultura de la libertad. Ya en 1982, en plena vorágine municipal, había publicado Cuentos maravillosos españoles (Ed. Crítica, Barcelona), un libro que alcanzó tres ediciones en poco tiempo.  Un día, un joven periodista con el que tuve cierta confianza,  cuando tuvo  ese libro en las manos, que yo acababa de darle, me dijo: “Antonio, ¿y tú qué… haces aquí?”. Alguna razón tenía. Ni que decir tiene que en casa me recibieron alborozados, y que yo recuperé una de las cosas más importantes en la vida de un hombre: la infancia de sus hijos.

(Extraído de Memorias del miedo y el pan. Alianza Editorial, 2018).




Videoteca
Entrevista en el programa `Saca la lengua´
Emitido el 19 de Noviembre de 2011 en la 2 de RTVE
Una breve visión de la biblioteca
El programa `El público lee´ de Canal Sur TV entrevista a A. R. Almodóvar a propósito de su biblioteca (25-09-2011)
La memoria de los cuentos
A. R. Almodóvar es el guionista de este documental emitido por TVE2 en el programa `Imprescindibles´ (18-03-2011)
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