Entrega del XVII Premio Julián Besteiro
Texto de agradeciminto d A. R. Almodóvar.

La semana pasada, un jurado presidido por J. M. Caballero Bonald otorgó el premio Julián Besteiro, que concede anualmente la UGT.

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AGRADECIMIENTO, Premio Julián Besteiro

Julián Besteiro

Tengo que empezar diciendo que este premio me hace muy feliz. Primero, porque  no me lo esperaba, lo cual es doblemente de agradecer. Es lo bueno que tienen los premios a los que uno no se presenta. Tampoco es mala cosa entrar en la nómina de los ganadores que me han precedido. Una tropa verdaderamente impresionante. (A ver si se me pega algo). Pero aparte esos detalles anecdóticos, tengo muchos motivos de agradecimiento. Tantos, y tan variados, que se me agolpan en la mente –y en el corazón-- y no sé si voy a saber ponerles un poco de orden. 
En primer lugar, mi agradecimiento al jurado, que ha creído ver en mi trayectoria literaria, y en alguna otra cosa, según reza el acta ; se han acordado hasta de que hubo un tiempo en que me dediqué a la política institucional, y a la acción sindical, ¡ay, aquel congreso de la FETE, 1977, en el que pusimos a prueba a Adolfo Suárez y a todos el aparato franquista, todavía vigilante; méritos suficientes, decía,  para distinguirme con un galardón que lleva nada menos que el nombre de Julián Besteiro, un socialista íntegro y una persona de bien, por el que siempre he sentido admiración. Admiración teñida de una cierta melancolía, y no solo por el final trágico que tuvo. Es obvio que se trata de uno de los referentes del socialismo español, pero, no sé bien por qué, su figura me sigue pareciendo un tanto desvalida. Tomó decisiones tremendas, en momentos más tremendos, lo cual, en la Historia, deja siempre un astro de incomprensión. (Solo los que no hacen nada no se equivocan nunca). También su mente se vio sacudida por un verdadero terremoto ideático, entre marxismo y socialdemocracia, cuyo eco s multiplicó en la historia del socialismo renovado, el de la transición. Estremece pensar lo que debió sentir todo un catedrático de lógica, sometido a aquellas cavilaciones, de insoluble radicalidad, y cómo estas debieron prolongarse en su cautiverio, al hilo de la cruda realidad, en la que todo aquello acabó. Yo al menos creo que él siempre creyó tener razón. Al cabo, lo que importa de los hombres de acción, y de izquierda, claro, es que estén convencidos de la razón moral que les asiste, y Besteiro siempre lo creyó así. Como creyó que aún quedaba un resto de humanidad en aquellos salvajes que se sublevaron contra la República, a la que habían jurado servir.. Y que con ellos se podía firmar una paz honrosa, que evitara más derramamiento de sangre inútil. No fue posible. Hoy sabemos que nunca lo fue. Pero él no lo sabía.  Lo que debe importarnos hoy es que, en todos los avatares de entonces, a Besteiro le guió una misma rectitud moral. En estos tiempos de enorme confusión, no es chico ejemplo, que debería convertirse en patrimonio, no solo de los socialistas, sino de todos los demócratas. Besteiro sigue siendo un líder al que querer, y sobre el que todavía queda mucho que aprender.

  En esa gratitud al jurado, hago especial mención a su presidente, José Manuel Caballero Bonald, al que me une una amistad de muchos años, y al que también admiro. Pero tengo que decir que no tenía ni la menor idea de que andaba en este menester, hasta que he leído el pronunciamiento del jurado. Mejor así. Más felicidad todavía.      

No le anda lejos en emoción, incluso creo que la supera, lo que para mí significa Carmona. Aquí me estrené, en octubre de 1969, como profesor interino de instituto, y estuve cuatro años, hasta que un día, en 1973, me llamó a capítulo un personajillo del Régimen, y me dijo que con las cosas que yo escribía en los periódicos, contra el sistema educativo franquista, no podía continuar en la enseñanza pública. (Y no fue el Instituo de Carmona el único sitio del que me echaron ese año, para mí inolvidable, pues en él me ocurrió de casi todo. También en 1973 m despidieron de la Facultad de F. L. de Sevilla, donde ya ejercía de profesor adjunto interino, por el simple procedimiento de no renovarme el contrato. (Lo mismo que hicieron en el instituto). “No quiero marxistas en mi departamento”, me dijo otro personaje del Régimen. Claro que la frase de mi madre fue mucho mejor: “Pero hijo, con lo bueno que tú eres, ¿por qué te echan de todos lados?”. Así que tuve que refugiarme en la privada, durante un año, hasta que saqué cátedra de Instituto –a base de riñones y de una gastritis perdurable-  un tanto subrepticiamente, por miedo a que la larga sombra del Movimiento Inmóvil llegara hasta aquel tribunal de oposiciones. Por suerte, no llegó. En 1975 ocupé mi primera cátedra en Osuna, y ahí empezó un largo periplo por la provincia, hasta llega a Sevilla. Pero todo empezó aquí, en Carmona. 

 De aquellos cuatro años, quitando la peripecia final, guardo excelentes recuerdos y amistades. Me voy a detener en uno de esos recuerdos, porque viene como anillo al dedo a lo que esta tarde nos reúne y nos convoca, aquí, en el teatro Cerezo, que, como bien sabéis, ha sido importante foro del socialismo actual. Se trata d la huella de Besteiro en Carmona. (Ahora sí voy a contar una historia, que al fin y al cabo es lo mío, y es por lo que me habéis dado un premio. Tengo que corresponder).

Corría el otoño de 1968, otro año mítico, donde los haya. Un grupo de amigos, de la Facultad de Filosofía, mayormente,  solíamos reunirnos en casa de uno de ellos, que estaba -todavía existe-, como a medio camino entre Sevilla y Carmona. El anfitrión: Francisco Díaz Velázquez. Mi grande y llorado amigo Paco, que se ha despedido de nosotros el pasado 4 de Julio, después de un duro combate con la enfermedad. A su imborrable memoria dedico todo lo que aquí estoy diciendo y lo que voy a contar ahora.  Fue él también profesor del mismo instituto, aquí, en Carmona, y en la misma época que yo. Pero el hecho que voy a referir ocurrió antes, en ese 1968. Nos gustaba a aquel grupo pasear por Carmona, y no a las horas del día, sino durante la noche, y noche bien entrada. Después de cenar, nos dedicábamos a eso tan sencillo como es pasear, pasear sin rumbo, por el casco histórico de esta hermosa, y a aquellas horas, más increíble ciudad, con su elegante y algo rendida belleza , su intrincado caserío, a cada paso un palacete desmedrado, cerrado a cal y canto –terratenientes ausentes, nobles en franca decadencia-, iglesias de gran porte, herméticos conventos… Nos gustaba sorprenderla así, en sus calles y en sus plazas más íntimas, a la luz de las farolas amarillentas, solitaria, como si nadie viviese en ella, como si todo el mundo hubiese huido de una Historia turbulenta. Sumida, al fin, en un silencio catártico, insondable. Todo un poco fantasmal, pero que nos llenaba el espíritu de una serenidad, un tanto insólita, sin más razón que porque sí, porque nos gustaba hacerlo. Claro que eran tiempos muy revueltos (en la misma casa de Paco Díaz Velázquez se celebraron muchas reuniones clandestinas de los incipientes sindicatos de estudiantes, con consecuencias policiales de alto iesgo). Ahora que lo pienso, lo que buscábamos en esos paseos nocturnos por Carmona era probablemente un  complemento de quietud, de sosiego, de reposar los actos y los pensamientos con los que, durante el día, peleábamos por un mundo distinto, que ya se avecinaba.

Una de aquellas noches pasamos por delante de un caserón deslucido, que por algo nos llamó la atención. Quizá por su aspecto, que no entonaba con el conjunto. Preguntamos a un transeúnte, que nos dijo: “Es la cárcel”. Claro, ¡la cárcel de Carmona, en la que estuvo preso y murió nada menos que Julián Besteiro! ¿Cómo no habíamos caído antes en eso? No lo sé. Lo que sí sé es que miramos por aquí y por allá, por si se veía alguna señal de vida. Una luz mortecina se filtraba por algún sitio, y entonces nos armamos de valor. Había un timbre en un quicio, y sin más, lo pulsamos.  No me explico de dónde sacamos tanto atrevimiento, ¡llamar a una cárcel, en 1968, casi de madrugada que era! ¿Para qué? Bueno, a ver qué pasaba. Sorprendentemente, no tardó mucho en sentirse el mecanismo de una cerradura, abrirse una puerta protestona, como en los cuentos de miedo, y asomarse un hombre de mediana edad, soñoliento, extrañado.

-¿Qué quieren? 

No nos salía la palabra. El hombre nos miró de arriba abajo. Éramos cuatro o cinco, Paco, su mujer, Lola, Aurora, la mía, otro amigo, el pintor y marino mercante Miguel Gallego, que anda también por los océanos del Más Allá… y alguien más, que no recuerdo. (Ya la memoria…) Alguno balbuceó algo así como: 

-Esta es la misma cárcel… -El hombre no lo dejó terminar-:

-La misma, sí, la misma en la que murió don Julián Besteiro-, dijo. Ya al ponerle el “don”, y por el tono de la frase, intuimos que no estábamos ante un carcelero corriente, por lo menos no lo que el tópico requiere. –Más sorprendentemente aún, añadió: -¿Quieren ustedes verla? 

Naturalmente que queríamos. 

-Pasen. Ahora  no hay ningún preso. Estoy yo solo.

Entre el temor, la curiosidad  y una cierta congoja, pasamos dentro.  En una especie de vestíbulo, aquel amable y aburrido carcelero, que ahora se me antoja era como un guardián de la memoria histórica, avant la lettre,  tenía una mesa escritorio, grande, con un brasero de cisco a los pies, y encima unos papeles,un transistor y un cenicero repleto de colillas. Pasado el vestíbulo, un patio de medianas dimensiones, paredes altas, encaladas. Todas las estancias  que vimos en la primera planta, cuarto de guardia, dirección, cocina…estaban muy blancas, una mano de cal sobre otra, por lo que más parecía quererse tapar una decrepitud inexorable. (La cárcel se cerró definitivamente, por falta de clientela, poco tiempo después). 

-Ahora vamos abajo -dijo el hombre, tirando de un manojo de llaves. 

No estaba muy abajo, más bien un semisótano, de impenetrable oscuridad. (Nada sería parecido a lo que habíamos visto hasta ese momento).  Una exigua bombilla intentó iluminar el lugar, un espacio desnudo, de techo muy bajo, opresor. Los calabozos no eran celdas individuales, sino que contenían varios poyetes de mampostería, como de setenta u ochenta centímetros de alto, por uno de ancho, más o menos, y algo más de largo. Estos poyetes hacían la triple vez de mesa, asinto y cama, uno por cada preso. Había varios calabozos como  aquel. Para dormir, o para echarse, se desplegaba un jergón que durante el día permanecía recogido. Todo ladrillo visto, ganado por la humedad y el silencio. No parece que Besteiro muriese allí, sino que lo trasladaron a la parte de arriba, cuando ya estaba muy enfermo, no se sabe con certeza si de una tuberculosos crónica, o de una infección que contrajo al obligársele a limpiar unas letrinas. En todo caso, mal atendido. Como Miguel Hernández.

-Esta fue la celda de don Julián. 

Años más tarde, en septiembre de1976, volví a aquel sitio, con Pablo Juliá, a hacer unas fotos y un reportaje sobre lo que quedaba. Ya no quedaba más que el solar. Pero sí la memoria,  cálida y persistente, entre muchas personas a las que todavía pude entrevistar: a don Pedro Valverde, ilustre abogado de Carmona, que me sirvió de guía por los meandros de la huella de Besteiro, y que lo había conocido en la cárcel: “Parece que lo estoy viendo, paseando o leyendo en el patio de la prisión, protegiéndose del sol con una sombrilla, ya descolorida de tanto uso”. Al hijo del director de la prisión entonces, Angel Súnico, que fue sancionado fulminantemente, por haber permitido que entrara un fotógrafo en la cárcel, a retratar a Besteiro, rodeado de curas vascos. A Paquita Belloso, la hija de la recadera de la cárcel, que lo recordaba muy bien: “No se me olvidará la noche que llegaron, él y lo menos ochenta curas vascos, en un camión de carga”. Y al enterrador, Manuel Gómez, un hombre corpulento, ya mayor, que se dio varios golpes en el hombro izquierdo, con una rotunda mano derecha, al tiempo de decir, un trémolo en la voz:

-Sí, señor, y yo lo llevé aquí, aquí, en mi hombro.

Lo demás es Historia. 

Gracias. 






Videoteca
Entrevista en el programa `Saca la lengua´
Emitido el 19 de Noviembre de 2011 en la 2 de RTVE
Una breve visión de la biblioteca
El programa `El público lee´ de Canal Sur TV entrevista a A. R. Almodóvar a propósito de su biblioteca (25-09-2011)
La memoria de los cuentos
A. R. Almodóvar es el guionista de este documental emitido por TVE2 en el programa `Imprescindibles´ (18-03-2011)
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