LA AVENTURA DE LA SOLIDARIDAD


LA AVENTURA DE LA SOLIDARIDAD.


por Antonio Rodríguez Almodóvar

No sé cómo, al disponerme a escribir estas líneas, se me ha venido a la mente la figura de Hannah Arendt, cuando dice:  “¿Cómo es posible vivir en el mundo, amar al prójimo, si el prójimo –incluso tú mismo- no acepta quién eres?” Seguramente no hay un problema mayor para la filosofía que el de comprender y aceptar  la existencia del otro, el problema kantiano por excelencia. Traducido a términos vulgares, y para ir preparando  nuestro propósito de hoy: ¿Acaso estoy tan seguro de que el otro existe como para tener que ocuparme de él?  También me he acordado de uno de los más prodigiosos aforismos de Machado: “El ojo que ves no es ojo porque lo veas; es ojo porque te ve”. Glosado igualmente, podría decirse: Tú no eres quien concede la existencia a los demás; son los demás los que te constituyen.

El problema se multiplica cuando el otro es un ser carencial, un necesitado,  un mendigo, un inmigrante, un discapacitado y, por supuesto, un enfermo. Es decir, cuando reviste esas formas exacerbadas de la otredad que parecen subvertirlo todo, amenazar la seguridad del ser que nos conviene, el de las “las cosas son como son”, que diría el castizo.  No en vano, la xenofobia, el egoísmo, el mirar para otro lado cuando la miseria te roza, o el dolor ajeno se nos hace insoportable, comparten una misma cosa: no aceptar al otro. Suponer que existe, todo lo más, pero no admitirlo. Porque admitirlo te obligaría a reconocer que tú mismo eres ese indigente, ese discapacitado, ese enfermo. Y casi se podría comprender una actitud así,  porque la cuestión es ardua. Y las falsas soluciones abundan: ya se ocupará El Estado, o las monjitas, o alguna ONG. Pero el colmo de la dificultad es sin duda  cuando el enfermo es un niño. Dostoyevsky se rebelaba contra el sufrimiento de los niños, y exigía cuentas a Dios por permitirlo. Descreía de él, por la existencia inaudita, incomprensible, del dolor y la muerte de los niños.

Pues bien, entre la filósofa alemana, el poeta sevillano y el escritor ruso, entre la perplejidad del otro y el absurdo de que los niños sufran y mueran, he buscado alguna explicación a este libro singular que tengo en las manos: Aventura en el hospital. En él se cuenta una historia de vida. el relato de un niño atrozmente enfermo, contado por él mismo, con la ayuda de su madre. ¿Pero por qué? ¿Qué verdadera necesidad hay de esto? ¿De dónde surge? ¿Qué hacemos realmente los que estamos aquí esta tarde?

Habrá que ampliar el campo de las reflexiones, si queremos alcanzar alguna respuesta, que no sea la de la simple y turbadora compasión. Un sentimiento humano –incluso a veces demasiado humano-, pero no suficiente para comprender. Tampoco nos sirve la caridad, en los supuestos sociales, tomada como un sucedáneo de la solidaridad y de la justicia. Pero como estamos hablando de literatura, aunque sea literatura vital, se trata también de comprender por qué tanta gente que no son escritores profesionales buscan la escritura para expresarse. Los habrá que solo pretenden desahogarse con palabras, otros combatir la soledad, algunos huir de la rutina, pero todos, de un modo u otro, remediar algo. Es decir, convertir el medio en remedio. No digo que los escritores profesionales no busquemos también algo de todo eso, pero estamos obligados a fingirlo, y en el mejor de los casos, a superarlo. No en vano, casi todas las primeras novelas son autobiográficas; luego, hay que escribir de otras cosas, salir de uno mismo. Buscar al otro. Son los escritores que se empeñan en escribir siempre de sí mismos los que se pierden. Para un verdadero profesional, escribir acaba siendo una práctica hacia ya no recuerda qué. Para un no profesional, una aventura con un fin preciso. De ahí el primer acierto de este libro; su título: Aventura en el hospital. Que aunque imita al tópico de los libros juveniles, va mucho más allá. Va a intentar comunicarnos la fuerza oscura que le hace querer transmitirnos lo más difícil de todo: la lucha contra la enfermedad, la verdadera aventura; el combate desigual, y más tratándose de un niño, contra el dragón recóndito. Y la victoria al fin. Pero no solo, sino con múltiples ayudas en el camino. Así ocurre en el cuento maravilloso: el héroe, además de su valentía, su generosidad, su astucia, necesita del objeto mágico, y ese solo se lo puede proporcionar en mediador bueno, la viejecita benefactora, el viejecito simpático. O lo que es lo mismo, la libertad del héroe para vencer al monstruo termina donde empieza la ayuda del otro, imprescindible. En nuestro cuento, la ciencia y la humanidad abnegada de los médicos. ¡Qué gran lección la de los cuentos populares! ¡Y qué torpe mensaje el de esos cuentos artificiales, donde el héroe se basta por sí solo para triunfar. Cuando me preguntan qué cuentos deben leer los niños, siempre doy la misma respuesta: aquellos donde el héroe necesita de los demás. Por eso me pareció siempre tan destructivo el estereotipo de Superman y similares: porque hace concebir al espectador indefenso, al niño,  la idea de que existe un Otro Superior que no necesita a nadie para hacer el bien. Y que además procede  no de este mundo, sino de Otro, inefable, in cognoscible, misterioso; es como un dios que nos regala su existencia. Ante él, en suma, no somos nada, o menos que nada. Otra religión, falsa de toda falsedad. Por eso el adversario suele ser un estúpido en tan estúpidas fábulas, para que el lector-espectador se consuele, en su insignificancia, viendo que hay otros más necios que él. En cambio, en los grandes relatos míticos,  en nuestros grandes cuentos maravillosos, El Castillo de Irás y no volverás, Juan El Oso, Blancaflor, el adversario se presenta como muy capaz de destruirnos, o peor aún, de socavarnos lo más preciado de todo: la condición humana, el verdadero tesoro que se encuentra al final de la historia, lo único que en realidad tenemos: ser seres autónomos, sin necesidad de dioses ni de caudillos. Pero serlo en comunidad de hombres libres y solidarios.
  
Y, por fin, ya que vamos de lo humano, el humanismo y su relación con la medicina, según quiere reforzar o recuperar el grupo sanitario de La Rosaleda, promotora de esta también aventura. Escribí una vez un artículo sobre la acción humanitaria de la medicina, a propósito de los trasplantes. Lo llamé: Te doy mi corazón. Pero ese título nada tenía que ver con la literatura de los estereotipos románticos. Más  bien, quería aludir a una realidad excelente, y desde luego superior al almíbar de ciertas figuras retóricas. Expresar, en síntesis, la generosidad de los donantes de órganos, otra forma de lo humano y solo humano. Y ser un homenaje a las familias de las víctimas de accidentes de tráfico que consienten en que al menos una parte de sus seres queridos continúe su ciclo vital, truncado por la desgracia, en otro cuerpo, otra vida, otras ilusiones. Probablemente, el ser humano no haya alcanzado nunca, como en estas prácticas médico-sociales, un grado más alto de su difícil condición. Pues resulta que una de las mayores lacras de nuestro tiempo, los accidentes de coche, índice el más tenebroso del absurdo, de la estupidez, se redime a sí misma en el circuito de la solidaridad, y en el más estricto anonimato. No parece que ninguna otra cosa pueda superar a eso.

Recuerdo una entrevista por la radio con el responsable médico de esa práctica médica. Hubo un momento en que pareció que aquel hombre, curtido en las más estremecedoras experiencias, se iba a derrumbar por las ondas. La intensidad psicológica de su tarea, al querer comunicárnosla, se le debió hacer insoportable. (A veces es mejor no nombrar las cosas, para poder seguir). De modo especial cuando se refirió a los momentos críticos; cuando él u otros colegas, de otros hospitales, tienen que llamar a la puerta de una familia extenuada por el dolor. Cómo han de vencer –y no siempre lo consiguen-, el estupor primero, la resistencia instintiva, los prejuicios. Y el derroche de ternura que hay que poner en las palabras, entonces sí.

Con la práctica médica que hay detrás de la lucha contra el cáncer, y más el cáncer de los niños, se renueva también mi admiración por la profesión médica. Por las personas que son capaces de adentrarse en nuestro lado físico –el único que tenemos, probadamente- sin sucumbir a la brutalidad de las enfermedades. Como si el contacto con la débil materia diese un pasaporte natural al lado bueno. Como si el desgarro fuera la única llave con que acceder al misterio del ser. 

En su análisis del totalitarismo, Arendt, (primera cita: ¿Cómo es posible vivir en el mundo, amar al prójimo, si el prójimo no acepta quién eres”) marca las pautas de lo que va a ser buena parte del pensamiento crítico actual. Pocas reflexiones como esta hallo tan ajustadas a nuestro problema, pues todos los totalitarismos tienen en común el desprecio del otro. E ignoran voluntariamente el abismo que les separa de él,  destruyéndolo. El humanismo contemporáneo, el pensamiento crítico ilustrado, parte de todo lo contrario: hagamos del otro, aunque no lo comprendamos, nuestra  razón de ser. Hagamos de la perplejidad que nos causa el problema mismo, de la incomprensión que nos separa de los otros, y a cada cual de sí mismo cuando no se acepta como es, la aventura del mundo actual: la aventura del hospital, la aventura de  la solidaridad.





Videoteca
Entrevista en el programa `Saca la lengua´
Emitido el 19 de Noviembre de 2011 en la 2 de RTVE
Una breve visión de la biblioteca
El programa `El público lee´ de Canal Sur TV entrevista a A. R. Almodóvar a propósito de su biblioteca (25-09-2011)
La memoria de los cuentos
A. R. Almodóvar es el guionista de este documental emitido por TVE2 en el programa `Imprescindibles´ (18-03-2011)
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