Las cunitas

Debe ser cosa de la edad, que ahora me asaltan recuerdos de mi lejana infancia. Uno de ellos, no sé por qué, con sospechosa frecuencia. Venía todos los años a la feria del pueblo una atracción a la que llamaban “las cunitas”, muy demandada del público juvenil. Consistía en un grupo de cuatro o cinco balancines de gran tamaño, de cuyos extremos pendían sendos receptáculos, que vagamente recordaban la forma de una cuna, de ahí su nombre: el diminutivo, más bien irónico, pues tenían capacidad para dos adultos sentados, uno frente a otro. Ningún artilugio, mecánico ni eléctrico, movía esta atracción. Tan sólo el impulso inicial de un encargado, que añadía un empujoncito de vez en cuando.

Claro está, para que aquello funcionase con soltura era preciso que el peso que cargaban ambas cunitas, esto es, el de las dos personas a cada extremo del balancín, fuese más o menos equivalente. Esto quedaba al cálculo estimativo del encargado, que así iba formando las parejas de clientes, en razón de su masa corporal. Por este motivo, creo yo que era la única atracción de feria a la que no se accedía por riguroso turno, sino por la autoridad del encargado en la confi guración de los contrapesos. Con todo, era difícil conseguir pares gravitatorios adecuados, y lo normal era que hubiese que compensar con pesos añadidos, en la forma de unos saquitos de arena de los que el encargado disponía también libremente. (Huelga decir, por todo eso, y por lo que resta, que la verdadera atracción era el encargado, por así decirlo, el líder). Hasta que él no veía más o menos equilibrado el conjunto, no empezaba la diversión, como ya queda dicho, a partir de un impulso inicial. En eso consistía todo, en girar verticalmente con el artefacto, al tiempo que se balanceaban las cunitas.

Muchas veces disfruté yo de aquel curioso movimiento, con las cosquillas del descenso y la emoción del ascenso. Pero aún había una emoción mayor: ver al encargado colgarse de vez en cuando de una barra externa que tenía cada una de las cunitas, para conseguir que el movimiento giratorio cambiase de sentido, con parada momentánea a mitad de trayecto, esto es, en la pura horizontal, a varios metros de altura. Era entonces cuando el público contenía la respiración, pues nunca se daba por seguro que aquella maniobra culminase felizmente, y que la fuerza centrífuga no se llevase para arriba al hombre, convirtiéndolo en un pelele, o en un acróbata involuntario. Y ocurrió en cierta ocasión. El encargado, un tipo joven no demasiado fornido, pero sí ágil, no consiguió lo que se proponía, y el balancín, lejos de cambiar de sentido, se lo llevó para arriba. De allí saltó por los aires, e intentando agarrarse a lo que pudo, cayó rebotando desde lo más alto contra las distintas partes del aparato, hasta darse un topetazo en el suelo, casi tan grande como el susto que se llevó el respetable. No se mató de milagro, pero tuvieron que llevárselo a la casa de socorro, inconsciente y manando abundante sangre.

Repito que no sé por qué me viene una y otra vez ese recuerdo, y más en estos días. Tal vez por ser imagen cabal del equilibrio que se precisa en la vida democrática, con distintas fuerzas obligadas paradójicamente a seguir una especie de disciplina voluntaria, basada en los contrapesos, en cálculos de compensación. Solo cuando alguien se empeña en hacer de volatinero, el descalabro se hace inevitable.




Videoteca
Entrevista en el programa `Saca la lengua´
Emitido el 19 de Noviembre de 2011 en la 2 de RTVE
Una breve visión de la biblioteca
El programa `El público lee´ de Canal Sur TV entrevista a A. R. Almodóvar a propósito de su biblioteca (25-09-2011)
La memoria de los cuentos
A. R. Almodóvar es el guionista de este documental emitido por TVE2 en el programa `Imprescindibles´ (18-03-2011)
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