Aprender de Macondo

Siempre me han dado que pensar las innumerables rifas que se suceden en Cien años de soledad, empezando por la del corpulento José Arcadio, que sortea su “masculinidad inverosímil” entre sus admiradoras, a diez pesos la papeleta. Cada vez que una nueva catástrofe asolaba Macondo, los habitantes de aquel mítico lugar volvían a poner en marcha la economía, organizando un sorteo. La encargada de reiniciar el sistema era
Petra Cotes, que rifaba de todo, chivos, conejos, cochinitos, y hasta una mula famélica que acabó comiéndose su ajuar. Cierto que allá por el capítulo XVII, parece que el autor se rinde: “Las rifas no dieron nunca para más”. Pero el mundo ya estaba en marcha otra vez.

Siempre sentí que había algo más en esta novela, por debajo de esa estrategia de lo real maravilloso. Algo que el colombiano deja sin duda a nuestra imaginación, por si no fuera bastante con la suya. Por mi parte, lo veo tal que así: una sola gallina que hubiese quedado viva, picoteando en el lodazal, era sufi ciente. Unos se encargaban de buscar lombrices, para engordarla. Otros, de hacer las papeletas con restos de trapos, prensados y secados al sol. Aquí se fabricaban rudimentarios lápices a base de la carbonilla remanente del primer incendio del mundo, con los que escribir los números en las papeletas. Aquel construía una especie de bombo a base de cáscaras de coco debidamente ensambladas. Pero aún quedaba lo más importante: el dinero con que comprar los billetes. Rebuscando en los bolsillos, juntaban entre todos una exigua cantidad de monedas roídas por el tiempo, que así se convertían en la banca común. Los que más monedas aportaban eran prestamistas de los demás jugadores, por el simple procedimiento de sellar el débito con un apretón de manos. Una vez reparado el sistema, uno de ellos llamaba a los demás a juntarse en un claro de la selva, pegando con un palo en un latón oxidado. Se ataba la gallina a un tocón con un trozo de bramante, y se metían todas las papeletas en aquel bombo, en el que solo estaba practicada una ranura, para la mano de un niño.

El agraciado por la suerte, que era deudor de la banca común, cogía su gallina y, en lugar de comérsela por mucho que le azuzara el hambre, se dedicaba a cuidarla para que pusiera huevos, con los que ir comiendo algo y pagar su deuda. La banca, a su vez, hacía pequeños préstamos, sobre la garantía de los huevos, que quedaban a buen recaudo. Como ya había amainado la tormenta, quien más quien menos había conseguido fabricar un cesto con varetas arrastradas por la corriente del río, o había pescado más peces de los que se podía comer, o fabricado una manta, con un viejo telar rescatado del revoltijo de cosas que se acumulaban en las lindes de Macondo. Así se vendían unos a otros, se devolvían los préstamos al banco comunal, que realizaba nuevos préstamos, etcétera. Y todo volvía a funcionar, a partir de una gallina.

Lo peor de los neocons es que creen que, cuando azota la tormenta que ellos mismos han desatado, la gente tiene que aguantarse, suspender toda actividad y vivir del aire, sin dejar de pagar impuestos. Hay quien se pregunta por qué los bancos ya no dan créditos. La razón es bien sencilla. En sus cámaras acorazadas no queda ni un céntimo. Solo quedan cáscaras de huevos, ingentes cantidades de cáscaras de huevos, que ellos rompieron para hacerse una tortilla descomunal, que además se comieron hace tiempo.




Videoteca
Entrevista en el programa `Saca la lengua´
Emitido el 19 de Noviembre de 2011 en la 2 de RTVE
Una breve visión de la biblioteca
El programa `El público lee´ de Canal Sur TV entrevista a A. R. Almodóvar a propósito de su biblioteca (25-09-2011)
La memoria de los cuentos
A. R. Almodóvar es el guionista de este documental emitido por TVE2 en el programa `Imprescindibles´ (18-03-2011)
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