Hada madrina, Ana María

Tenía ya en los últimos tiempos la hermosa fragilidad de un hada madrina. El hada madrina de los cuentos perfectos. Ana María Matute se nos ha ido como un soplo, de repente, como sucede en las bellas historias populares y en muchos de sus propios relatos, adscritos a esa misma realidad, la realidad de lo invisible. “Cuando se habla de realismo, a veces se olvida que la fantasía forma parte de esa realidad”, solía decir. Y es cierto. Pero nadie como ella supo entenderlo.

En toda su obra hay un eco de la facilidad con que se inician los cuentos orales, por muy crudas que sean las cosas que allí ocurren pronto, o quizás por eso mismo, porque no se andaba ella con remilgos e iba directa al corazón de los conflictos. La mala fama que tienen los cuentos tradicionales -pasados en demasía por los filtros de la ideología pequeño-burguesa o por los imperativos del espectáculo- nada tenían que ver con ella. En un coloquio que sostuvimos hace un par de años en la Biblioteca Nacional, a propósito de la verdadera historia de La Bella Durmiente –uno de sus temas favoritos- renegó con su magistral ironía de esa pasta dulzona o de la insipidez de lo “políticamente correcto” que llevan a menudo las versiones “adaptadas” para los niños, “como si los niños fueran tontos”. Como si no fueran capaces de entender lo que significa que unos como ellos sean abandonados por la necesidad de los padres en el bosque de la vida, o que pasen hambre y frío en el desconsuelo infinito que es vivir a la intemperie; por eso sufría tanto con los desastres de la crisis, que hoy están poniendo a la infancia a merced de toda clase de ogros comeniños.

Ella misma se dejó trasparentar en algunos de sus relatos, como la protagonista de Los Abel, o Paulina, del cuento del mismo nombre; pero como niña injustamente herida por la realidad circundante, mientras su mente se disparaba a los confines de lo inefable, en ningún sitio mejor que en la pequeña Adriana, de Paraíso inhabitado. Está la protagonista poseída por una mezcla aleatoria de cuentos leídos y escuchados, los primeros de Andersen, de Perrault, de los hermanos Grimm; lo otros por boca de las criadas, que precisamente no sabían leer, y por eso mantenían viva la memoria de los cuentos del hogar, del hogar de los pobres, mayormente; cuando luego se ve enfrascada en la relación incipiente con un verdadero príncipe azul, un niño ruso, de ojos celestiales y tirabuzones de oro, que vive en la vecindad, hijo cuasi furtivo de una bailarina de ballet, amante de un conde. Pues bien, mientras esto sucede, mientras se desarrolla este auténtico cuento maravilloso, la Barcelona del final de la Guerra conoce toda clase de atrocidades, algunas de las cuales se cuelan bruscamente en el anchuroso mundo de la imaginación de Adriana. Así, por ejemplo, cuando Tomasa, una de las criadas que contaba los cuentos, es asesinada en el fragor de la Guerra por unos “desalmados”.
En un prólogo que le puso a una edición de los cuentos de Andersen, en 1982, Ana María Matute escribió: “Se ha dicho a menudo que para conocer su obra a fondo, es preciso conocer su vida. Pero “¿no será al revés?” Hoy parece como si nos estuviera invitando a hacer lo propio con ella, con su obra y con su vida. A eso, creo, deberíamos dedicarnos a partir de ahora.




Videoteca
Entrevista en el programa `Saca la lengua´
Emitido el 19 de Noviembre de 2011 en la 2 de RTVE
Una breve visión de la biblioteca
El programa `El público lee´ de Canal Sur TV entrevista a A. R. Almodóvar a propósito de su biblioteca (25-09-2011)
La memoria de los cuentos
A. R. Almodóvar es el guionista de este documental emitido por TVE2 en el programa `Imprescindibles´ (18-03-2011)
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