Cataluña, una mirada desde Andalucía
Publicado en El País digital el 11 de septiembre de 2017

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Quien esto escribe ha sentido siempre verdadera admiración por Cataluña y tiene con ella importantes deudas de gratitud. Obra temprana allí editada,  algún premio literario,  numerosos cuentos  traducidos a la lengua de Jacint Verdaguer, amén de un amplio contraste de la tradición oral andaluza con la abundante obra folclórica de Joan Amades o de Antoni Maria Alcover, incluidas  versiones occitano-catalanas de algunos cuentos célebres, como el mismísimo de la Bella Durmiente (“Blandin de Cornualles”, “Frayre de Joy”), que tanto apreciaba Ana María Matute, mi inolvidable amiga.  
En este crítico momento, mirando desde Andalucía la situación de Cataluña,  no sé qué me puede más, si el estupor o la sensación de impotencia.  Seguro  es lo mismo que sienten otros muchos españoles –incluidos catalanes-, y desde luego muchos andaluces, que hemos percibido con harta claridad el desdén del catalanismo triunfante. No será preciso recordar cuántas estupideces se han dicho de nosotros, dudando de nuestra  laboriosidad,  o haciendo burla hasta de nuestro peculiar castellano (“a los niños sevillanos  no se les entiende cuando hablan”, sentenció el caballero Artur Mas, que de esto debe saber un rato). La lista de agravios sería interminable. Pero la cosa no es nueva.
Una amiga mía, nacida en un pueblo de Sevilla,  emigró a Cataluña en 1969, con toda su familia (nueve hermanos). Muy pronto se colocó en la cadena de montaje de una fábrica de aparatos eléctricos, en Barcelona.  Tenía quince años y echaba ocho horas diarias, ajustando piezas. Una compañera de trabajo, nacida en Barcelona,  y catalana por los cuatro costados, hacía lo mismo que ella, pero con  dos años menos,  trece. Incluso hacía horas extraordinarias. Un día, sin dejar de apretar los tornillos que le correspondían, le dijo a mi amiga: “¿Y a ti, no te gustaría ser catalana?” Cuando la interpelada le dijo que no, que no veía por qué, la otra se sintió ofendida y apenas volvió a dirigirle la palabra. Ahí lo tienen.  De cómo un sentimiento identitario se superpone a cualquier otra cosa, incluida una situación laboral de flagrante explotación infantil.
    Sé bien que, entre los andaluces radicados en Cataluña, del millón largo que allí fueron, o entre sus descendientes, los hay que  han abrazado la causa del secesionismo, seguramente a partir  de un noble sentimiento de gratitud, o por deseos de integrarse.   Nada tengo que decirles. Solo recordarles  lo que saltó  a la triste actualidad,  cuando el actual consejero  de interior se permitió distinguir, entre las víctimas del atentado del 17 de agosto,  catalanes de españoles. Entre estos últimos estaba Francisco López Rodríguez, un granadino de 57 años, emigrado a Cataluña, con su familia, a principios de los sesenta. Es decir, para ciertos catalanistas,  los andaluces, como los murcianos o los leoneses, siempre serán “charnegos”.  No se engañen.
Y por si les sirve de algo, deberán  recordar -o saber-,  que la  economía catalana,   que  debe mucho, sin duda, a la laboriosidad y a la inventiva de sus gentes,  es también deudora de un par de siglos de comercio protegido, que forzó a todos los  españoles a comprar  productos catalanes a precio dictado, sin alternativa posible. Singularmente,  fue decisiva la protección de la industria que llevaron a cabo los gobiernos centrales, continuadamente, desde 1832 (préstamos de  Hacienda, muy favorables, para levantar grandes fábricas en Barcelona, al tiempo que se promulgaban  decretos prohibiendo la importación de textiles); aranceles proteccionistas sobre otros muchos productos, con Cánovas (mira, ¡un cacique andaluz protegiendo a la oligarquía catalana!); la “Tarifa Cambó”, de 1922, abiertamente ultraproteccionista (se podría decir que fue un “Trump” a la catalana).  Las medidas de Primo de Rivera, en la misma senda, y las de Franco, que fortaleció esa trayectoria, entre otras cosas,  no autorizando la creación de industrias fuera de Cataluña o el País Vasco, y consolidando  el modelo de un norte industrial, y el resto mano de obra disponible y barata -sobre todo, si era andaluza-; es decir, desde comienzos del siglo XIX hasta el franquismo, inclusive.   
 A este respecto, no viene mal recordar lo que escribió Stendhal en 1839, tras un viaje por Cataluña: “Los catalanes quieren leyes justas, a excepción de la ley de aduanas, que debe ser hecha a su medida. Quieren que cada español que necesite algodón pague a cuatro francos la vara, por el hecho de que Cataluña está en el mundo. El español de Granada, de Málaga o de La Coruña, no puede comprar paños de algodón ingleses, que son excelentes, y que cuestan un franco la vara”.  
  Y fuera de la historia, algo habría que decir de las nefastas consecuencias  que tendría para todos romper la caja de la Hacienda Pública y de la Seguridad Social, desde luego con vistas a pensiones futuras –por ejemplo, de andaluces retornados-, con los datos de quién y manejados por quién; o los efectos financieros derivados del aislamiento internacional que tendría una Cataluña fuera de la Unión Europea,  la fuga de empresas y capitales, además de problemas administrativos y jurídicos de extraordinaria envergadura. Cuando todo eso sucediera, quiénes serían los primeros en salir de Cataluña?






Videoteca
Entrevista en el programa `Saca la lengua´
Emitido el 19 de Noviembre de 2011 en la 2 de RTVE
Una breve visión de la biblioteca
El programa `El público lee´ de Canal Sur TV entrevista a A. R. Almodóvar a propósito de su biblioteca (25-09-2011)
La memoria de los cuentos
A. R. Almodóvar es el guionista de este documental emitido por TVE2 en el programa `Imprescindibles´ (18-03-2011)
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